Joseph Conrad (1857-1924) esperó a los últimos años de su vida para contar esta historia. Quizá por eso su lectura es tan asombrosa. Conrad redactó
La flecha de oro cuando ya era un consumado escritor, y cuando su dominio del idioma inglés que había adoptado para su trabajo fue de una precisión de genio en el uso de las palabras. Pocos artistas consiguen plasmar tan ajustadamente la expresión de las emociones humanas, llevando al lector a descubrir en el texto vivencias propias; es decir, vivencias universales que por lo común no sabemos nombrar, pero que sí podemos reconocer en el arte.
Este libro, como otros de Conrad, entraría en el género de la novela de aventuras. Monsieur George --apelativo con que se identifica al protagonista, pese a que se nos advierte de que no su verdadero nombre, sino uno convenido--, un joven marino que tiene una carácter parecido al del Ulises homérico, visita Marsella, donde es contratado por partidarios de Don Carlos de Borbón, durante la tercera guerra carlista, para que efectúe contrabando de armas hacia España. Absorbido por un mundo de intrigas políticas, conoce a doña Rita, una mujer española que contiene en sí misma "algo de todas las mujeres del mundo". El pasado y el presente de doña Rita irrumpirán en la vida del joven marino, quien llegará a ser lo mejor de sí mismo junto a ella, al tiempo que los sentimientos producen en su ánimo una conciencia de pérdida irrecuperable. Un pasador de pelo en forma de flecha de oro con brillantes --metáfora de aténtico hallazgo que simboliza la pasión-- y la escena final (antes de la nota-epílogo que cierra el libro) completan unas páginas que dejan estremecido el espíritu. Sobre todo por ser materialización de aquello que llamamos enamorarse.
La aventura termina y vemos que Conrad escribía aventuras, sí, pero del alma. Sus narraciones dejan para el trasfondo los acontecimientos vertiginosos de la guerra y los viajes por mar, y trae a un primer plano los enfrentamientos de carácter, las relaciones de los personajes, sus impresiones, sus zozobras... Mediante un lenguaje que recuerda a los mecanismos de los relojes suizos, porque hay frases exactas de las que no es posible mover una sola coma.
Siempre tenemos la confirmación de que Conrad sabía bien de lo que hablaba. Aunque sólo sea porque otras personas podemos identificar en su voz lo que nos desconcierta dentro de nosotros. Lo que parece que todo individuo está destinado a vivir, pues la condición humana lo prescribe así. He aquí un momento donde cualquiera puede sentirse retratado:
Todos los recuerdos de esa época de mi vida poseen un matiz tan peculiar que el comienzo y el fin de aquel tiempo se confunden en una única sensación profundamente emotiva, continua y abrumadora, que abarca los extremos de la exultación y está llena de despreocupada dicha yde una invencible tristeza, igual que las fantasías. La impresión de que todo ocurrió como en una impetuosa ráfaga de la imaginación es tanto mayor en la lejanía del tiempo, porque incluso entonces percibía yo ese matiz, un matiz de destino no provocado... (Página 97 de la edición de EditorialAlba.)
Más que recomendar la lectura de
La flecha de oro, hago la sugerencia. Jack London se alegraba de estar vivo aunque sólo fuera porque pudo leer otra novela de Conrad,
Victoria. Con
La flecha... ocurre igual, o puede que incluso más: nos conmueve hasta el punto de hacernos sentir afortunados. Es de esos libros de los que se sale cambiado. Por una razón esencial (la misma por la que podemos considerarlo como obra de arte): parece escrito para uno mismo. Te permite verte en otras personas y en otros tiempos. Además, moldea cosas inefables (dándoles por fin forma) que adivinábamos pero no acertábamos a definir en detalle. A veces, también, explica por qué ocurrieron esas cosas que hicimos --sin que ni siquiera nosotros mismos supiéramos a ciencia cierta qué nos movía a comportarnos así--, o de las que fuimos objeto. Qué es lo que gobierna a la gente cuando está enamorada.